El sedentarismo es la actitud del sujeto que lleva una
vida sedentaria. En la actualidad, el término está asociado al sedentarismo
físico (la falta de actividad física). En su significado original, sin embargo,
este vocablo hacía referencia al establecimiento definitivo de una comunidad humana
en un determinado lugar.
En este último sentido, sedentario es lo opuesto a
nómada (aquél que se traslada de un lugar a otro, sin establecer una residencia
fija). Los seres humanos eran nómadas en la prehistoria, ya que se trasladaban
para recolectar alimentos o cazar. A partir de la revolución agrícola, hace
unos 10.000 años, la humanidad adoptó el sedentarismo.
El sedentarismo es más habitual en las ciudades, donde
la tecnología está orientada a evitar los grandes esfuerzos físicos. Estar
muchas horas al día viendo televisión o sentado frente a un ordenador es una
muestra de sedentarismo, que fomenta la obesidad, debilita los huesos y aumenta
el riesgo de las enfermedades cardíacas.
¿Dónde quedó nuestro sentido de orientación, nuestra
conexión con la tierra, con las hojas de los árboles? ¿No fuimos, acaso, alguna
vez, una especie más entre las demás? El sedentarismo es un inocente titular
que esconde realidades tan graves y absurdas como que se venda insecticida en
espray.
Sobra decir que el primer grupo goza de un mayor
respeto por parte del común de la sociedad, dado que se lo considera
productivo, mientras que el segundo recibe todo tipo de adjetivos despectivos,
haciendo alusión a su haraganería. Sin embargo, resulta preocupante comparar el
interminable caminar de los elefantes en busca de un mísero charco de agua, con
el refunfuñar de quien considera agotador ir desde el salón hasta la cocina a
buscar un vaso de agua fresca, cuya temperatura es regulada gracias a la
explotación de los recursos naturales, la misma explotación que obliga a los
primeros a recorrer distancias cada vez mayores.




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